El autor somete a discusión un asunto cuya dificultad principal es que la solución parece obvia. ¿Acaso no es visible que trabajamos para sobrevivir? Pero esta sencilla respuesta deja sin entender por qué "nos matamos trabajando" y, con demasiada frecuencia, se pierde así el gusto por vivir.

El riesgo de trabajar es que en lugar de ayudarnos a "ser lo que somos" nos conduce a "ser lo que hacemos". Trabajamos "porque necesitamos pertenecer, ser parte de algo, sentirnos partícipes del mundo que habitamos, transformarlo, explotarlo, conocerlo, buscar la razón de nuestra presencia en él" (página 152). Pero el trabajador actual vive perturbado por reorganizaciones, reducciones, actividades que exceden su capacidad, movilidad geográfica, competencias impiadosas, etcétera. Cosas que lo conducen desde el estrés al suicidio o a la pérdida de sentido para su vida.

Y así, si terminamos "siendo lo que hacemos, basta con dejar de hacer para dejar de ser" (página 38).

Querer y deber

Desde un espiritualismo de orígenes diversos (Carl Jung o Bertrand Russell, por ejemplo), el autor propone una decena de preguntas orientadoras. Como: "¿Estoy haciendo lo que quiero o lo que debo?"; "¿Soy lo que hago o hago lo que soy?"; "¿A través de mi trabajo trato de llegar más alto o más profundo?".

El planteo del libro alude especialmente al modo de producción capitalista, aunque pretende que su examen es válido con independencia del sistema ideológico o la ubicación geográfica en que se cumple el trabajo. ¿Es así? Si tomo en cuenta una estadística con datos del FMI, los argentinos no estaríamos en el ojo del huracán de quienes se matan trabajando: la productividad laboral promedio de un argentino alcanza sólo el 20% de la del trabajador norteamericano.

El volumen está bien escrito y analiza asuntos centrales del tema.

© LA GACETA

Jorge Estrella